EL "ICEBERG" DE LA FAMILIA
Os dejo una colaboración con unas pinceladas sobre la misión de la familia. Espero que os guste.

La grandeza y dignidad de la
persona requiere la grandeza de la familia. Algo imposible de exagerar.
Gracias al amor recíproco, generoso, desinteresado, incondicional, los padres traemos un hijo a este mundo, y nos
convertimos en los primeros y principales educadores suyos. Y esa misión nos
capacita para ser verdaderos líderes, dar lo mejor de cada uno, y lograr lo
mejor de ellos. Y, lo más necesario en esta entrañable tarea, es quererles de
veras por quienes son.
Se podría decir que "la misión" de la familia es "custodiar el amor”. Nace del amor, el amor es su esencia, y transmite ese amor a manos llenas. Más explícitamente se trata de estimular, acoger, acrecentar y comunicar el amor entre sus componentes: primero entre los esposos, núcleo y origen de ella, y luego con los hijos, fruto de ese amor, del que se siguen alimentando en su crecimiento.
Porque, la persona se construye en la familia. Es donde encuentra ese ambiente saturado de cariño y confianza, donde ve la realidad, y aprende, a través de los ojos de su madre,
de su padre, donde percibe cómo se quieren y se tratan entre sí… Y todo eso le llena de confianza y seguridad, ayudándole a construir su
personalidad. Ese ambiente deja una huella indeleble en su vida.
Los niños no suelen salir buenos o malos…, sino que se hacen y rehacen en la familia, al saberse queridos de ese modo tan específico y entrañable, simplemente por lo que son: por ser personas, ¡singulares!, ¡únicas!
La
persona se forma en la propia familia, gracias al amor, que le ayuda a forjar
su mejor personalidad. No solo en las primeras etapas de la vida, sino también cuanto mayor es su
plenitud, y su capacidad de amar. Siempre necesita de la familia. Y nunca está “terminada”, siempre puede aprender, ilusionarse, mejorar. Hasta el último momento, y precisamente en ese.
Cada persona es un gran regalo: el mayor regalo que
podamos imaginar. Por eso, descubrir y tratar a los demás como personas, como seres de aportaciones, como
seres relacionales, con sus cualidades específicas, sus fortalezas, y su singular capacidad de pensar en los demás, de ayudar...
En la familia es donde se aprende lo importante de la
vida, con el enfoque adecuado, de las personas que nos quieren. Y donde cada
una puede ser ella misma, única, especial, excepcional; y a la vez,
ayudar a los otros con su cariño, sus ideas, su tiempo, sus cualidades cultivadas... Es
decir, donde se realiza como
persona, amando a los que tiene
cerca. La mayor necesidad del corazón humano.
Lo que “vemos” en un niño, su
amabilidad y sonrisa, sus buenos modales, su mirada chispeante, su ilusión, sus
ganas de aprender, el mirar con una mirada nueva…, el ser alegre y generoso, es lo más
propio y característico de la persona,
y lo que va configurando su personalidad naciente.
Pero, lo que no se suele ver, como en el iceberg,
son esas acciones continuadas, un trabajo de artesanía, y llenas de amor de los padres, que van guiando
su personalidad y aprendizaje a base de cariño, paciencia, de explicar una y
otra vez lo que está bien o mal…, de dedicarles el tiempo que cada uno precise, y las
formas, de unas pocas normas, importantes y claras, que vayan iluminando y marcando un
sendero transitable, y perfilando comportamiento… Con comprensión exigente a la vez…, dándoles la necesaria autonomía, y sobre todo, mostrándoles con la vida y
el trato a los demás, un modo de ser y de comportarse, propio de una persona. Ayudándoles a lograr
su mejor personalidad; pero ¡¡la
suya!!, con sus cualidades y talentos.
Todo ello precisa tiempo y cariño. Para conversar con
ellos, sabiendo escuchar, no solo con los oídos sino también con el corazón. Hay que prestarles atención, saber
motivarles, con optimismo, con la belleza de unos valores humanos nobles, con
nuestra personalidad amable…
Así transmitir con coherencia un ideal de vida, que intentamos vivir, que nos aporta un sentido más pleno, aunque a veces fallemos… Y es lo que confiere una personalidad atractiva y estimulante, con belleza interior, capaz de tener en cuenta a los demás, ¡de quererles!
De ese modo, lo aprenden de veras, y nos imitan
con naturalidad. Siempre estamos educando, con nuestra integridad. Como decía la Madre Teresa, “no te preocupes si
tus hijos no te escuchan…, ¡te están mirando todo el día!” Esto es muy consolador, también con adolescentes.
Y todo ello se puede concretar en planes de acción, entre los dos, con pequeños objetivos, alcanzables, con unos medios específicos para lograrlos, y con una motivación adecuada en cada caso. Así se va configurando un proyecto personal de educación para cada hijo. Atendiendo a sus distintas facultades, como es la inteligencia, sin olvidar el corazón, ni la capacidad de actuar de forma libre. Es decir, con una voluntad entrenada en pequeñas cosas, para aprender a actuar en libertad.
Así serán capaces de acometer retos que los engrandezcan
como personas. Y de esta suerte, aprenden a pensar en
los demás, a hacer las tareas
de la casa y encargos, por amor, y a demostrar el cariño.
Primero en la propia familia, y luego con amigos, en el colegio… etc. Se desborda eficaz en otros ámbitos.
Porque, el fin último de toda educación, es enseñarles y hacerles capaces de amar. Por eso la necesidad de recibir cariño “del bueno”, de que se sientan de veras queridos, y de que perciban cómo se quieren sus padres entre sí. Es lo que les permitirá aprender a amar. Porque, la persona solo crece cuando ama: así va conquistando su plenitud, y como consecuencia es más feliz.
Mª José Calvo
Optimistas Educando y Amando
optimistaseducando.blogspot.com
@Mariajoseopt
Espero que te haya gustado...
Un dibujo fantástico de Antonio Gervas de su cuenta de Instagram @dibupills:
Dejo algunos enlaces relacionados, por si quieres leer:
* Para amar mejor...
* ¿"conciliar", o integrar?: "si quieres ¡puedes!"
* Una-familia-armónica II
* MUJERES QUE HACEN HISTORIA
https://optimistaseducando.blogspot.com/2020/01/el-iceberg-de-la-familia.html
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